ARTE E IMAGINACIÓN
Llamamos tarea creadora a toda actividad
humana generadora de algo nuevo, ya se trate de reflejos de
algún objeto del mundo exterior, ya de determinadas
construcciones del cerebro o del sentimiento que viven y se
manifiestan únicamente en el ser humano. Si observamos
la conducta del hombre, toda su actividad, percibiremos fácilmente
que en ella cabe distinguir dos tipos fundamentales de impulsos.
Uno de ellos podría llamarse reproductor o reproductivo;
que suele estar estrechamente vinculado con nuestra memoria,
y su esencia radica en que el hombre reproduce o repite normas
de conducta creadas y elaboradas previamente o revive rastros
de antiguas impresiones. Cuando rememoro la casa donde pasé
mi infancia o países lejanos que visité hace
tiempo estoy recreando huellas de impresiones vividas en la
infancia o durante esos viajes. Con la misma exactitud, cuando
dibujamos del natural, escribimos o realizamos algo con arreglo
a una imagen dada, no hacemos más que reproducir algo
que tenemos delante, que ha sido asimilado o creado con anterioridad.
Todos estos casos tienen de común que nuestra actividad
no crea nada nuevo, limitándose fundamentalmente a
repetir con mayor o menor exactitud algo ya existente.
Es sencillo comprender la gran importancia que tiene, para
toda la vida del hombre, la conservación de su experiencia
anterior, hasta que punto eso le ayuda a conocer el mundo
que le rodea, creando y promoviendo hábitos permanentes
que se repiten en circunstancias idénticas.
Principio orgánico de esta actividad reproductora
o memorizadora es la plasticidad de nuestra sustancia nerviosa,
entendiendo por plasticidad la propiedad de una sustancia
para adaptarse y conservar las huellas de sus cambios. Desde
esta perspectiva, diremos que, la cera es más plástica
que el agua o que el hierro, porque se adapta a los cambios
mejor que el hierro y conserva mejor que el agua la huella
de estos cambios. Sólo ambas propiedades, en su conjunto,
crean la plasticidad de nuestra sustancia nerviosa. Nuestro
cerebro y nuestros nervios, poseedores de enorme plasticidad,
transforman fácilmente su finísima estructura
bajo la influencia de diversas presiones, manteniendo la huella
de estas modificaciones si las presiones son suficientemente
fuertes o se repiten con suficiente frecuencia. Sucede en
el cerebro algo parecido a lo que pasa en una hoja de papel
si la doblamos por la mitad: en el lugar del doblez queda
una raya como fruto del cambio realizado; raya que propicia
la reiteración posterior de ese mismo cambio. Bastará
con soplar el papel para que vuelva a doblarse por el mismo
lugar en que quedó la huella.
Lo mismo ocurre con la huella dejada por una rueda sobre
la tierra blanda; se forma una vía que fija los cambios
producidos por la rueda al pasar y que sirve para facilitar
su paso en el futuro. De igual modo, las excitaciones fuertes
o frecuentemente repetidas abren en nuestro cerebro senderos
semejantes.
Resulta ser que nuestro cerebro constituye el órgano
que conserva experiencias vividas y facilita su reiteración.
Pero si su actividad sólo se limitara a conservar experiencias
anteriores, el hombre sería un ser capaz de ajustarse
a las condiciones establecidas del medio que le rodea. Cualquier
cambio nuevo, inesperado, en ese medio ambiente que no se
hubiese producido con anterioridad en la experiencia vivida
no podría despertar en el hombre la debida reacción
adaptadora. Junto a esta función mantenedora de experiencias
pasadas, el cerebro posee otra función no menos importante.
Además de la actividad reproductora, es fácil
advertir en la conducta del hombre otra actividad que combina
y crea. Cuando imaginamos cuadros del futuro, por ejemplo,
la vida humana en el socialismo, o cuando pensamos en episodios
antiquísimos de la vida y la lucha del hombre prehistórico,
no nos limitamos a reproducir impresiones vividas por nosotros
mismos. No nos limitamos a vivificar huellas de pretéritas
excitaciones llegadas a nuestro cerebro; en realidad nunca
hemos visto nada de ese pasado ni de ese futuro, y sin embargo,
podemos imaginarIo, podemos formarnos una idea, una imagen.
Toda actividad humana que no se limite a reproducir hechos
o impresiones vividas, sino que cree nuevas imágenes,
nuevas acciones, pertenece a esta segunda función creadora
o combinadora. El cerebro no sólo es un órgano
capaz de conservar o reproducir nuestras pasadas experiencias,
sino que también es un órgano combinador, creador;
capaz de reelaborar y crear con elementos de experiencias
pasadas nuevas normas y planteamientos. Si la actividad del
hombre se limitara a reproducir el pasado, él sería
un ser vuelto exclusivamente hacia el ayer e incapaz de adaptarse
al mañana diferente. Es precisamente la actividad creadora
del hombre la que hace de él un ser proyectado hacia
el futuro, un ser que contribuye a crear y que modifica su
presente.
A esta actividad creadora del cerebro humano, basada en la
combinación, la psicología la llama imaginación
o fantasía, dando a estas palabras, imaginación
y fantasía, un sentido distinto al que científicamente
les corresponde. En su acepción vulgar, suele entenderse
por imaginación o fantasía a lo irreal, a lo
que no se ajusta a la realidad y que, por lo tanto, carece
de un valor práctico serio. Pero, a fin de cuentas,
la imaginación, como base de toda actividad creadora,
se manifiesta por igual en todos los aspectos de la vida cultural
haciendo posible la creación artística, científica
y técnica. En este sentido, absolutamente todo lo que
nos rodea y ha sido creado por la mano del hombre, todo el
mundo de la cultura, a diferencia del mundo de la naturaleza,
es producto de la imaginación y de la creación
humana, basado en la imaginación.
Toda invención -dice Ribot (1)- grande o pequeña,
antes de realizarse en la práctica y consolidarse,
estuvo unida en la imaginación como una estructura
erigida en la mente mediante nuevas combinaciones o correlaciones,
(...) Se ignora quién hizo la gran mayoría de
las invenciones; sólo se conocen unos pocos nombres
de grandes inventores. La imaginación siempre queda,
por supuesto, cualquiera que sea el modo como se presente:
en personalidades aisladas o en la colectividad. Para que
el arado, que no era al principio más que un simple
trozo de madera con la punta endurecida al fuego, se convirtiese
de tan simple instrumento manual en lo que es ahora después
de una larga serie de cambios descritos en obras especiales
¿quién sabe cuánta imaginación
se habrá volcado en ello? De modo análogo, la
débil llama de la astilla de madera resinosa, burda
antorcha primitiva, nos lleva a través de larga serie
de inventos hasta la iluminación por gas y por electricidad.
Todos los objetos de la vida diaria, sin excluir los más
simples y habituales, viene a ser algo así como la
imaginación cristalizada.
De ahí se desprende fácilmente que nuestra
habitual representación de la creación no encuadra
plenamente con el sentido científico de la palabra.
Para el vulgo la creación es privativa de unos cuantos
seres selectos, genios, talentos, autores de grandes obras
de arte, de magnos descubrimientos científicos o de
importantes perfeccionamientos tecnológicos. Reconocemos
y distiguimos con facilidad la creación en la obra
de Tolstoi, Edison o Darwin, pero nos inclinamos a admitir
que esa creación no existe en la vida del hombre del
pueblo.
Pero, como ya hemos dicho, semejante concepto es totalmente
injusto. Un gran sabio ruso decía que: así como
la electricidad se manifiesta y actúa no sólo
en la magnificencia de la tempestad y en la cegadora chispa
del rayo sino también en la lamparilla de una linterna
de bolsillo; del mismo modo, existe creación no sólo
allí donde se originan los acontecimientos históricos,
sino también donde el ser humano imagina, combina,
modifica y crea algo nuevo, por insignificante que esta novedad
parezca al compararse con las realizaciones de los grandes
genios. Si agregamos a esto la existencia de la creación
colectiva, que agrupa todas esas aportaciones insignificantes
de por sí, de la creación individual, comprenderemos
cuán inmensa es la parte que de todo lo creado por
el género humano corresponde precisamente a la creación
anónima colectiva de inventores anónimos.
Desconocemos el nombre de los autores de la gran mayoría
de los descubrimientos, como justamente advierte Ribot, y
la comprensión científica de esta cuestión
nos hace ver en la función creadora más bien
una regla que una excepción. Es cierto que las cotas
más elevadas de la creación son, hoy por hoy,
sólo accesibles para un pequeño grupo de grandes
genios de la humanidad, pero en la vida que nos rodea, cada
día existen todas las premisas necesarias para crear;
y, todo lo que excede del marco de la rutina encerrando siquiera
una mínima partícula de novedad tiene su origen
en el proceso creador del ser humano.
Entendiendo de este modo la creación, vemos fácilmente
que los procesos creadores se advierten ya con toda su intensidad
desde la más temprana infancia.
Entre las cuestiones más importantes de la psicología
infantil y la pedagogía figura la de la capacidad creadora
en los niños, la del fomento de esta capacidad y su
importancia para el desarrollo general y de la madurez del
niño. Desde la temprana infancia encontramos procesos
creadores que se aprecian, sobre todo, en sus juegos. El niño
que cabalga sobre un palo y se imagina que monta a caballo,
la niña que juega con su muñeca creyéndose
madre, niños que juegan a los ladrones, a los soldados,
a los marineros. Todos ellos muestran en sus juegos ejemplos
de la más auténtica y verdadera creación.
Verdad es que, en sus juegos, reproducen mucho de lo que ven,
pero bien sabido es el inmenso papel que pertenece a la imitación
en los juegos infantiles. Son éstos, frecuentemente,
un mero reflejo de lo que ven y escuchan de los mayores, pero
dichos elementos de experiencia ajena no son nunca llevados
por los niños a sus juegos como eran en la realidad.
No se limitan en sus juegos a recordar experiencias vividas,
sino que las reelaboran creadoramente, combinándolas
entre sí y edificando con ellas nuevas realidades acordes
con las aficiones y necesidades del propio niño. El
afán que sienten de fantasear las cosas es reflejo
de su actividad imaginativa, como en los juegos.
Cuenta Ribot que cuando un niño de tres años
y medio vio a un hombre cojeando en la calle, dijo a su mamá:
-¡Mira mamá, qué pierna tiene ese pobre
hombre!
Luego empieza a novelar: cabalgaba sobre un caballo de gran
alzada, se cayó sobre un peñasco rompiéndose
una pierna; hay que encontrar unos polvos para curarle.
En este caso se ve claramente la actividad combinada de la
imaginación. Tenemos ante nosotros, una situación
creada por el niño, todos los elementos de su fabulación,
son conocidos por los niños de su experiencia anterior:
de otro modo no los habría podido inventar; pero, la
combinación de estos elementos constituye algo nuevo,
creador, que pertenece al niño, sin que sea simplemente
la repetición de cosas vistas u oídas. Esta
habilidad de componer un edificio con esos elementos, de combinar
lo antiguo con lo nuevo, sienta las bases de la creación.
Con toda razón muchos autores afirman que las raíces
de esta combinación creadora pueden verse hasta en
los juegos de los animales. El juego del animal es también,
con frecuencia, producto de la imaginación dinámica.
Sin embargo, estos embriones de imaginación creadora
en los animales no pueden lograr, dadas las condiciones de
su existencia, un desarrollo firme y estable; y, sólo
el hombre ha podido elevar esta forma de actividad hasta su
actual y verdadera dimensión.